Huffington Post

A través de internet podemos encontrar cientos de imágenes que se mofan o hacen referencia a las faltas o atropellos de personajes de la vida pública y el mundo del arte no es la excepción. En la red abundan memes en video, imágenes, cuentas de Facebook o Instagram que hacen de piezas de arte, eventos o artistas el tema de sus burlas: desde los videos de Avelina Lesper cuestionando la validez del trabajo de artistas a las cuentas en redes sociales que parodian a artistas o exposiciones por igual.

Lo cierto es que internet y las redes sociales han modificado también la forma de “consumir” arte, y hoy día los museos, galerías y artistas compiten en la arena digital por la atención de un público ávido de productos culturales compitiendo con en el vértigo del tiempo actual, los eventos masivos, los festivales y series de tv.

Es así que los productores de contenido se han encargado de “facilitar” a los públicos el consumo y eliminar las barreras presupuestales, como en los festivales de música donde el precio del boleto permite ver a distintas bandas en un mismo espacio. Pero además proveyendo de todos los servicios desde alimentos hasta el transporte, o eliminando las barreras físicas: hoy ya no hay necesidad de atender al cine o siquiera acudir a rentar un video gracias a las diversas plataformas de streaming que nos permiten visualizar horas de contenido audiovisual desde nuestro hogar. O mejor aún, desde la comodidad de nuestro teléfono móvil, donde la lucha por mantener nuestra atención se gesta mediante aplicaciones, algoritmos y estrategias mercadológicas.

Si bien una feria comercial no tendrá la posibilidad temporal y espacial de profundizar o brindar una experiencia estética profunda, su relación con otros actores del medio, como las mismas galerías, museos o espacios autogestivos, hacen de estos eventos un motor para la producción de diversas expresiones.

El arte, siempre volcado hacia el futuro y en constante exploración, encuentra ahí su talón de Aquiles. Si bien los artistas hallan en los medios expositivos una forma de expresar, ese espacio físico o de comunicación encuentra su más grande reto: atrapar a un público el suficiente tiempo como para poder despertar el interés en saber más acerca de procesos que pudieron llevar años de desarrollo y que, en su expresión final, siempre será la compresión de una experiencia estética, la cual solicita un espacio temporal amplio para su comprensión.

Experiencias estéticas como el cine o el teatro encuentran en su temporalidad obligatoria (en promedio un par de horas) la posibilidad de descomprimir la experiencia estética, donde el espectador podrá al final de este secuestro autoinfligido enunciar un juicio de gusto o de valor, para posteriormente dialogar y abundar sobre la experiencia con los acompañantes a este evento. Los conciertos o los festivales encuentran este espacio temporal dividido en pequeños trozos mucho antes del evento, la transmisión de piezas en el radio o los videos musicales hacen que el espectador haya “observado” previamente durante meses y en periodos cortos lo que acudirá a experimentar en el concierto de una manera “completa”.

Es así que la experiencia del concierto obliga al espectador a una vivencia entera, no solo al presenciar al ejecutante en un escenario rodeado de luces y estímulos audiovisuales, compartir con cientos de personas que como él esperan una experiencia única e inolvidable, sino que además se obligan a escuchar el repertorio completo donde el ejecutante ha dejado para el último las piezas “famosas”. En un sentido, la experiencia estética se completa en todos sentidos.

Formado por la raíz latina tor —agente— y spectare —contemplar, aguardar— el vocablo “espectador” cobra sentido para esta experiencia estética. Requerimos que este agente espere o aguarde el tiempo suficiente para volver comprensible el arte que le presentamos. Los huecos que dan espacio a la burla, no están necesariamente del lado del arte, sino del tiempo que el agente ha decidido aguardar.

Y es aquí donde adquieren la mayor importancia los mediadores: (la radio en el ejemplo de la música) curadores, museógrafos, investigadores y los mismos artistas, que hoy día exploran narrativas para el consumo de un producto cultural cuyo lenguaje se ha llevado a tal sofisticación que requiere de mucho tiempo y nuevas estrategias para su consumo. Un ejemplo de este tipo de exploraciones es “The Exhibition of a Film” de Mathieu Copeland, un ejercicio donde la exhibición se realiza a través del formato de cine creada de la mano de varios artistas.

Las ferias de arte funcionan también como un mediado, que, en la forma de un festival, conglomera a una serie de actores durante un periodo corto de tiempo. Y si bien una feria comercial no tendrá la posibilidad temporal y espacial de profundizar o brindar una experiencia estética profunda, su relación con otros actores del medio, como las mismas galerías, museos o espacios autogestivos, hacen de estos eventos un motor para la producción de diversas expresiones. Que van desde obras nuevas hasta exploraciones en la forma de exposición, y de la misma manera pueden funcionar para nuevos espectadores que esperaran hasta escuchar “la famosa”. Con alrededor de sesenta ferias de arte alrededor del mundo, la escena cultural de México se convierte en un atractivo destino que conjuga un inmejorable clima con un frenético crecimiento en propuestas de artistas y plataformas culturales.