De acuerdo con el pensamiento mexica, el Templo Mayor era el centro del universo, el lugar donde confluyen los cuatro puntos cardinales y los tres niveles verticales del cosmos.

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Con su llegada a la Cuenca del Valle de México, en el siglo XIV, el señorío de Azcapotzalco obligó a la civilización Mexica a ocupar un pequeño islote rodeado por cinco lagos que anegaban la tierra en tiempo de lluvias. Sin embargo, a pesar de las adversidades, sus habitantes lograron erigir una ciudad que, con el paso de los años, se convirtió en uno de los centros de poder más importantes en Mesoamérica. Además, la estructuración técnica estuvo íntimamente relacionada con su cosmovisión.

Motivados por el designio de Huitzilopochtli para fundar su ciudad, los nómadas se encontraron con un terreno inhóspito. Ante la necesidad de sobreponerse a su pasado errante y conflictivo, “maximizaron los conocimientos de los pueblos que les precedieron”, apunta Lauro González Quintero, biólogo y académico de la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH).

En ese sentido, retomaron la técnica de cultivo utilizada por medio de las chinampas, aunque la modificaron. De hecho, según afirma la arqueóloga Verónica Bravo Almazán, la innovación consistió en utilizar materiales más firmes para formar espacios sólidos que les permitieran ganarle terreno al islote y aumentar la extensión de la ciudad. Con ello, comenzaron a consolidar el gran imperio.

El crecimiento gradual del territorio también dio origen a los cuatro barrios de Tenochtitlan. Estos fueron el de Teopan, Moyotlan, Cuepopan, y Atzacoalco, los cuales estaban delimitados por las cuatro calzadas, cuyo origen se encontraba en el Templo Mayor dedicado a la deidad Huitzilopochtli, y que comunicaban a Tenochtitlan con tierra firme. Además, su ubicación estaba ligada a su concepción del universo.

De acuerdo con el pensamiento mexica, el Templo Mayor era el centro del universo, el lugar donde confluyen los cuatro puntos cardinales y los tres niveles verticales del cosmos, es decir, el cielo, la superficie terrenal y el inframundo. Por esa razón, el crecimiento de la ciudad siempre tuvo como referencia aquel punto geográfico.

“Ellos tenían una ciudad planeada para representar su cosmovisión, con cuatro calzadas que emulaban los rumbos del universo prehispánico pero que, al mismo tiempo, eran espacios de abasto, tránsito y defensa. No olvidemos que Tenochtitlan se diseñó con puentes levadizos, puestos de vigilancia y control de acceso”, declaró Verónica Bravo.

Hacia el Norte, una calzada de longitud pequeña era interrumpida por la acequia de Tezontlati, aunque más adelante se conectaba con la Calzada del Tepeyac. Al Oeste, se ubicaba la de Tacuba, por donde escaparon las tropas de Hernán Cortés tras ser derrotados en el episodio conocido como “La Noche Triste”.

La avenida más transitada era la ubicada al Sur de Tenochtitlan. Es conocida como la de Iztapalapa y conectaba con poblaciones como Coyoacán, Churubusco, Iztapalapa, Xochimilco y Chalco. En tanto, otra de menor longitud estaba dirigida hacia el Oriente, misma que desembocaba en el embarcadero de Tetamazolco.

Según las creencias cada uno de los puntos cardinales representa la oposición entre una pareja de elementos diferentes. El Norte, por ejemplo, estaba asociado con el punto más profundo del inframundo, así como con Coyolxauhqui, diosa ligada a la representación de la luna. Por el contrario, el Sur está ligado Huitzilopochtli, es decir, la máxima expresión de la luz. Ahí se refuerza el desencuentro entre ambos seres mitológicos, presente en el mito fundacional de la cultura mexica.

El Este, por otro lado, al ser el lugar por donde el Sol asoma los primeros rayos, está relacionado con el inicio de la vida. Mientras tanto, el Oeste, como su opuesto, es el simbolismo del retorno a la noche esencial, es decir, la muerte.

Eduardo Matos Moctezuma, investigador emérito del INAH, ha señalado que la mitología Mexica estuvo dirigida a la grandilocuencia con la finalidad de borrar o reescribir su historia sobre un pasado errático y no tan glorioso. La tendencia, paradójicamente, llevó a plasmar la nueva ciudad con simbolismos ideológicos que justificaron el expansionismo del imperio.

En ese sentido, la representación de Tenochtitlan como el centro del universo pudo haber influido de manera importante para consolidar el sometimiento de los pueblos y culturas menos poderosas que habitaron Mesoamérica en la misma temporalidad.