Su intromisión en la guerra de Siria ha sumido a la región en otra crisis más. Manipuló los resultados del voto presidencial americano con una oleada de noticias falsas y podría estar a punto de hacer lo mismo en Francia y Alemania. Sus agentes de influencia menoscaban la democracia liberal, corrompen Internet y propulsan paulatinamente su poder. Si hacemos caso a muchos comentarios, el presidente ruso Vladimir Putin se ha convertido en una fuerza maligna, decidida a recrear el imperio soviético y supone una amenaza a la que hay que enfrentarse.

Pero un momento… No cabe duda de que Putin ha sido un gobernante nefasto de su propio país y se ha gastado dinero en influir en las elecciones por todo el mundo, pero no conviene exagerar su poder. Su economía sigue siendo un caso perdido, en gran parte por su propia incompetencia, y tenemos a las espaldas varios siglos de historia geopolítica que nos enseñan que el poder político y militar se basa en última instancia en el poder económico. Dado que Putin no tiene mucho de este último, cada año que pasa tendrá menos del primero. La reexplosión de la crisis en Siria, con el atroz ataque con gas del presidente Asad sobre su propia gente, y la respuesta inmediata de Trump han reavivado la tensión entre Rusia y Occidente. Ya se habla de una reposición de las sanciones al país. Putin se ha negado a reunirse con el secretario de Estado estadounidense Rex Tillerson y Rusia ha enviado buques de guerra a Siria. Es como si la guerra fría no hubiera acabado.

En el trasfondo, la tensión llevaba meses latente. Durante las elecciones americanas se hablaba constantemente de intromisiones rusas y de la preocupación por los vínculos de ese país con Donald Trump. En Francia, Putin se ha reunido con la líder de la extrema derecha Marine Le Pen. Se ha acusado al país de financiar la campaña del Brexit y Alemania ya ha tomado medidas para impedir que Putin trate de influir en el resultado de sus elecciones a finales de año (por otra parte, una medida muy sensata si tenemos en cuenta que la canciller Angela Merkel ha sido una de las grandes defensoras de endurecer las sanciones a Rusia).

No puede negarse que Putin se ha propuesto expandir la influencia de su país por el mundo. Se anexionó Crimea, interfirió en Ucrania y ahora en Siria está dispuesto a alargar sus efectos hacia el Oriente Medio. Autócrata de vieja escuela, cree en el poder ruso y siente apego por el poder geopolítico que desapareció con el colapso de la Unión Soviética. Tampoco puede quedar duda, como hombre que comenzó su carrera en el KGB soviético, de que está dispuesto a emplear cualquier arte oscura a su alcance para cumplir sus propósitos. ¿Historias falsas, financiación de retorno de campañas, chantaje y estafas? Eso no le preocupa. Pero no perdamos la perspectiva. Diecisiete años después de ascender al poder tras la dimisión de Boris Yeltsin, la economía rusa sigue estando en apuros. En el último trimestre, el crecimiento apenas logró volverse positivo, con una ampliación de la producción de un mísero 0.3%. El rublo ha recuperado parte del terreno que perdió tras la crisis de Crimea y el mercado bursátil ha arañado de vuelta algunas pérdidas, pero la recesión de los últimos años ha sido profunda y sus finanzas se han quedado en un estado funesto.

Hablando más en serio, si pensamos en los 17 años desde que Putin está en el poder, queda claro que prácticamente no ha avanzado nada una economía que sigue dependiendo casi en su totalidad de la energía, un sector en declive, con un excedente masivo de la oferta y la amenaza creciente de la energía solar barata. La energía todavía representa el 68% de las exportaciones y el dinero que trae esa industria es casi lo único que mantiene el país a flote.

Su población sigue menguando, con solo 142 millones de habitantes frente a los 148 cuando cayó el comunismo. Rusia debería ser un mercado emergente vibrante a estas alturas. Si Polonia, Hungría y la República Checa pueden reinventarse de ser economías muy industriales controladas por el estado a polos orientados a occidente y de crecimiento rápido, y algunas zonas de esos países ya son tan ricas como otras zonas de Italia o Francia, no hay motivos por los que Rusia no pueda hacerlo también. Aun así, no hay señales de desarrollo industrial.

¿Alguien ha comprado un teléfono inteligente fabricado en Rusia? ¿O un televisor? ¿Un coche? ¿Algo? Otros mercados emergentes inundan el mundo con productos rojos manufacturados de alta calidad y crean nuevas empresas con marcas potentes. Todo lo que tiene Rusia es un par de energéticas gigantes, controladas por el presidente y sus compinches. Cuesta pensar en un país que haya recibido una mano tan buena de cartas y las haya jugado tan mal… y la culpa es toda de Putin.

Es cierto que los inversores han visto una recuperación en Rusia desde el colapso que siguió a la crisis de Crimea. El índice de referencia en Moscú ha vuelto a acercarse a 2,000, después de bajar a mínimos inferiores a 1,300 en 2014, pero eso no es más que un rebote de niveles muy bajos y es improbable que haya un crecimiento auténtico que lo propulse desde ahí. Si son inteligentes, se irán antes de que Putin consiga ser el destinatario de otra ronda de sanciones y un hundimiento más.

Al final, el poder político se basa en el poder económico. Así ha sido durante varios siglos y no tiene por qué cambiar ahora. Es evidente que el país puede financiar a políticos populistas y bombear autopropaganda en unos canales de televisión que casi nadie ve o páginas web que pocos leemos. En realidad, solo mantiene la fachada de una gran potencia, mientras su riqueza real e influencia descienden cada año que pasa. El mundo desarrollado se enfrenta a muchas amenazas, pero mientras su economía siga siendo totalmente endeble, Vladimir Putin no es una de ellas.

Texto publicado originalmente por:Economia Hoy