“Las confesiones de la carne” es el cuarto tomo de su emblemática “Historia de la sexualidad”. A 34 años de su muerte, este ensayo pone bajo la lupa las normas cristianas de San Agustín y otros en materia de matrimonio, castidad, infidelidad y procreación

 

Infobae

 

Siempre hay alguien que va más allá de la voluntad de su autor. Antes de morir, Michel Foucault rompió algunos manuscritos y pidió expresamente que no publicaran nada de forma póstuma. Le hicieron caso hasta que ahora, 34 años después de su fallecimiento, la editorial Gallimard recuperó un valiosísimo texto. Se trata del cuarto volumen de su emblemática Historia de la sexualidad titulado Las confesiones de la carne. En el año 2013, el manuscrito de este cuarto tomo —junto a otros archivos— fue adquirido por la Biblioteca Nacional de Francia gracias a su última pareja, el activista Daniel Defert. A partir de ese gesto, los investigadores ya pueden usar este material como consulta, pueden leerlo y utilizarlo para potenciar sus trabajos. La decisión de la familia del pensador francés de publicar Las confesiones de la carne sólo era cuestión de tiempo. A diferencia de lo que creía Foucault en 1984, que prefirió no publicar este texto porque no se adecuaba al lenguaje de los tomos anteriores, el filósofo Frédéric Gros, que escribió la introducción del libro, asegura que ya “ha pasado el tiempo” y que este texto necesitaba ser leído, necesitaba ser puesto en las manos de la sociedad. En el portal de la editorial, adelantan que se trata de un análisis de las normas y doctrinas en torno a la sexualidad impuestas por los Padres de la Iglesia cristiana en el siglo IV. Conceptos como el matrimonio, la castidad, la virginidad, la infidelidad y la procreación quedan puestos bajo la lupa; así como también pasan por su ojo crítico autores como Clemente de Alejandría, Tertuliano, Cipriano, Ambrosio, Juan Crisóstomo, Casiano y San Agustín.

A mitad de los años setenta —algunos después del Mayo Francés—, Michel Foucault se puso un desafío que a cualquier filósofo le hubiera parecido imposible: escribir una historia de la sexualidad. Su estatus e inteligencia le proponían un objetivo de tal tamaño. Venía de, en 1975, publicar su libro más emblemático, Vigilar y castigar. Nacimiento de la prisión. En él dio cuenta del sistema opresivo que se había erigido sobre el mundo y lo colocó como un pensador agudísimo. Pero no se quedó ahí. Un año después, en 1976, aparece el primer tomo de su magnánima saga Historia de la sexualidad. Se llamó La voluntad de saber y dejó a todos maravillados por su concepto de biopoder. Si bien la biopolítica atraviesa toda su obra, a partir de ese libro la cuestión se vuelve trascendental. Aún hoy se utiliza en las academias para designar los mé- todos que tiene el Estado para subyugar y controlar los cuerpos. Ese término es una de las claves para pensar toda su producción intelectual. Frente a la idea de que el poder reprime, lo que Foucault plantea en este primer tomo es que la cuestión va más allá, no es tan sencilla, tan lineal, sino que aparece impregnada en todas las relaciones sociales y la circulación de los discursos hegemónicos. Su crítica está puesta sobre la posición del saber, es decir, cuando determinadas voces asumen un lugar de poder, de “voces autorizadas” para determinar cómo debe ser el placer de los cuerpos. Allí Foucault hace un recorrido por políticas económicas, geográficas y demográficas que terminan por ejercer un fuerte y determinante control social en las prácticas sexuales.