Por: Felipe Florez Nuñez

En una disputa por la adjudicación de territorios entre vendedores de drogas a pequeña escala, dos personas fueron asesinadas la semana pasada con disparos de armas de fuego. Por rutinario, este hecho pudiera ser poco significativo, pero no lo es porque ocurrió en el interior del campus de la institución educativa más importante del país, la Universidad Nacional Autónoma de México. Las reacciones fueron diversas y contradictorias. Días después, durante el partido de futbol entre Pumas y Guadalajara, apareció en la pantalla del estadio universitario: “¡Fuera narcos de la UNAM”! El mensaje fue atribuido a la autoridad de la Máxima Casa de Estudios, pero esa versión fue desmentida y luego, de manera cantinflesca, asumida por el propio Rector Enrique Graue. “Me deslindo de mi deslinde”, dijo al confirmar que autorizó la difusión del mensaje, así como la manta que se negaron a portar los futbolistas con la misma leyenda. Y para reiterar su afirmación, mandó a publicar en la portada de la Gaceta de la UNAM, principal publicación institucional, así como en redes sociales, la leyenda: “No es tu amigo, es un narco”.

Días después, el propio rector afirmaría que no le tiembla la mano para ejercer su autoridad en contra de los narcomenudistas, no obstante, dijo que esa lucha debe darse fuera de las instalaciones y no al interior, por lo que se requiere una estrategia de seguridad nacional y una “lucha que debemos dar todas las instituciones de educación superior y la sociedad en contra de esta crisis de seguridad que vivimos”. Al mismo tiempo, un grupo numeroso de estudiantes realizó una manifestación en Ciudad Universitaria contra la violencia en sus instalaciones, al tiempo de rechazar el eventual ingreso al campus de elementos policiacos. Cierto que debe preservarse ante todo la autonomía universitaria, pero al mismo tiempo, la autoridad de esa y las demás instituciones públicas del país debieran actuar no sólo con rigor, sino con mayor responsabilidad. Lo que ocurrió en la UNAM, donde a diario conviven más de 400 mil personas, era previsible, si se considera que desde hace tiempo se sabe de la existencia de varios grupos que han hecho suyos varios espacios universitarios para realizar actividades ajenas a la vida académica, muchas de ellas ilegales, como la compra y venta de bebidas alcohólicas y drogas. Ahí están, como otro ejemplo, los llamados “fósiles”, jóvenes que de manera inexplicable ocupan como territorio exclusivo el auditorio “Justo Sierra”, al que cambiaron de nombre por el de Ernesto “Ché” Guevara, en perjuicio no sólo de la memoria del insigne escritor, historiador, político y filósofo mexicano, fundador de esa Casa de Estudios, sino del resto de la comunidad estudiantil.

La mecha estaba encendida.

A nadie sorprende que algunos jóvenes estudiantes consuman alcohol o algún tipo de droga, eso ha ocurrido desde siempre, pero en ningún modo puede permitirse que eso ocurra dentro del ámbito universitario. El que por largo tiempo autoridades universitarias hayan soslayado esas irregularidades, ya sea por temor o displicencia, abonó sin duda a que esos grupos actuaran con absoluta impunidad y que se haya llegado al extremo que ahora todos lamentan. Previsión y responsabilidad. Nada menos, nada más.