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El lunes pasado una estrella dejó de brillar. Úrsula K. Le Guin se despidió, a los 88 años, en su hogar de Portland, EEUU. Pero como en todo fenómeno cósmico la desaparición de su fulgor no significó la finitud, mas sí la transformación. La escritora estadounidense de ciencia ficción fue una supernova, su obra lanzó al universo millones de remanentes que habitan en sus lectores, quienes encontraron en su obra una travesía interna, eterna, sobre la razón de la existencia humana, aunque para llevar su mensaje haya tenido que crear galaxias propias, sistemas planetarios que no por ajenos podían dejarnos indiferentes.

Infobae Cultura dialogó con escritores, editores, booktubers, amantes de la ciencia ficción y su obra en particular, para conocer los diferentes estratos de la obra de Le Guin, sus temas, sus propios debates existenciales, su eterno debate sobre qué significa ser, como su legado.

Para el escritor Martín Felipe Castagnet, Le Guin “era un tesoro viviente, esa categoría extraña y maravillosa que tienen los japoneses para apreciar en vida a sus grandes maestros”.

“Llegué a ella gracias a mis amigos, cuando era adolescente y ya me había devorado toda la Tierra Media. Tolkien tiene muchos imitadores, pero pocos herederos, y si bien Úrsula era una de ellos, lo fue precisamente porque siempre siguió su propio camino. Creía en la complejidad y en el equilibrio. Sus mundos imaginarios son poderosamente reales: huelen a oveja, a puerta vieja, a napalm, a un tranvía echando chispas. Sus personajes se vuelven viejos amigos y envejecen con uno”, dijo a Infobae el autor de Los cuerpos del verano.

Por su parte, Martín Hadis, escritor, investigador y profesor universitario, sostuvo que “fue una de las más grandes escritoras del género fantástico y de ciencia ficción. Decir que su carrera fue descollante es poco. Comenzó a escribir desde chica y no se detuvo hasta hace muy poco, es decir, hasta el fin de sus días”.

Durante su carrera, Le Guin escribió más de 20 novelas, además de libros de poesía y cientos de cuentos y ensayos, que fueron traducidos a más de 40 idiomas. Algunas de sus obras, llevan más de medio siglo siendo reeditadas en diferentes partes del globo, lo que revela su carácter de autora trascendental. Esa trayectoria tuvo también sus recompensas en vida, ganó cuanto galardón existía: Premio Hugo, el Premio Nebula, el Premio Locus y el Premio World Fantasy. Obtuvo también la Medalla de la National Book Foundation por la Contribución Distinguida a las Cartas Americanas y, en 2004, fue la primera mujer nombrada como “Grandmaster” por la Asociación de escritores de ciencia ficción y fantasía de EEUU, lo cual la equipara a gigantes como Arthur C. Clarke, Isaac Asimov y Ray Bradbury.

Rosa Montero, escritora española, explicó que más allá de los galardones, “el reconocimiento “la aprobación de los pretenciosos mandarines de la cultura oficial” nunca le llegó como correspondía, por “la etiqueta del género, y más aún de un género tan injustamente menospreciado como éste”.

“Es una pena; sé que, si fueran capaces de levantarse de la poltrona de sus prejuicios y se asomaran a los libros de Le Guin, se darían cuenta de que son reconocibles y espléndidos relatos sobre la condición humana, exactamente igual que cualquier gran novela”, agregó en una columna al diario español El País, hace algunos años ya.

“La ciencia ficción y la fantasía son definitivamente géneros que funcionan como entrada de muchos jóvenes al mundo de la lectura. Creo que a los niños y los jóvenes les gusta usar su imaginación y les gusta rodearse de cosas que estimulen su creatividad, y este tipo de lectura es ideal para esto”, comentó la mexicana Raiza Revelles, la booktuber más importante de habla hispana.

Agustina Bazterrica, escritora y licenciada en Historia del Arte, recordó: “En la entrega del National Book Award en 2004, Neil Gaiman, afirma: ‘Le Guin me hizo un mejor escritor y, más importante, me hizo una mejor persona que escribe’. Porque Le Guin irrumpió en el club de hombres de la ciencia ficción de su época y lo implosionó a fuerza de creatividad e intimismo. Pero, creo que su marca distintiva fue la sensibilidad ética. En su obra, la conciliación y lo metafísico trasciende el despliegue épico y las batallas sangrientas tan preciadas por el género”.

Para Revelles, Le Guin “abrió puertas para muchísimos autores que querían escribir sobre este género. Además de que fue una fuerte inspiración para autores reconocidos como Neil Gaiman. Muchas de las lecturas populares actuales de fantasía y ciencia ficción, han sido inspiradas en sus trabajos, lo cual de alguna manera puede decirse que los jóvenes están recibiendo, aunque sea un poco de su toque. Además, ha abierto mucho camino para las mujeres en el mundo de la literatura de fantasía y ciencia ficción”.

 

Una vida repleta de historias

Hija de antropólogos: su padre fue Alfred Kroeber, fundador de la facultad de antropología de la Universidad de Berkeley; su madre, Theodora Kracaw, también escritora, famosa por sus recopilaciones de relatos de distintas tribus originarias de California. A esta crianza de plena de relatos y leyendas, Ursula unió un interés que la acompañó toda su vida por el taoísmo, la doctrina filosófica china que enfatiza el equilibrio de las fuerzas opuestas del universo (el Ying y el Yang), explicó Hadis, autor de Siete guerreros nortumbrios: enigmas y secretos en la lápida de Jorge Luis Borges.

“El sello distintivo de Ursula K. Leguin era su habilidad para imaginar no solo otros planetas, sino –sobre todo- otras culturas: los usos, costumbres, perspectivas y mitologías de sus habitantes. Nunca evitó tomar posición sobre las causas políticas y sociales de su tiempo, y es posible detectar en sus libros señales y advertencias. Pero estos no se presentan de manera explícita, sino como cosmovisiones ajenas que nos obligan a plantearnos nuestras propias arbitrariedades y convenciones. Así Leguin creó mundos inquietantes: en su libro La mano izquierda de la oscuridad (1969) por ejemplo, imaginó a un planeta glacial, Gueden, poblado por una especie peculiar de humanos, creada mediante ingeniería genética, cuyos individuos cambian de sexo cada tres semanas: todos experimentan incesantemente, ser hombres, y luego, mujeres, en una rueda sin fin. Anticipándose en varias décadas a debates actuales sobre género, Leguin imaginó una humanidad para la cual la noción de género no es fija sino cíclica y cambiante y por lo tanto –y paradójicamente- no marca así a ningún individuo. Nadie es hombre y nadie es mujer: los guedenianos son sucesivamente masculinos y femeninos. Al habitar esa diferencia, les resulta imposible imaginar que lo diferente puede ser peligroso. En ese contexto, el nacionalismo sencillamente no prospera, y la idea de la guerra les resulta inconcebible”, sumó Hadis.