El País

Charles Dickens acuñó la célebre frase “el hombre es un animal de costumbres” y, como tal, se obstina a la hora de cambiar. Pero los acontecimientos le superan y, aunque reniegue de la evolución, esta acaba por imponerse. 

El coronavirus no ha traído la revolución tecnológica, aunque sí ha contribuido a acelerarla como ningún otro suceso de los últimos tiempos. Y esta velocidad quedará impregnada en la economía, incapaz de detenerla. De la misma manera que se habla de preguerra y posguerra, en el futuro se hablará de un antes y un después del coronavirus, afirma Alejandro Beltrán, profesor y empresario de McKinsey Iberia, en la creencia de que “la transformación llegará sí o sí”.

 

Desigualdad

Muchos son los cambios imprimidos por la pandemia que están aquí para quedarse. Unas mutaciones que, al fin, conducirán al mundo por unos derroteros nuevos que dejarán claros ganadores y perdedores. La desigualdad es seguramente el mayor peaje a pagar en una sociedad a la que le cuesta repartir equitativamente las vacunas, los trabajos o la formación; la riqueza, en definitiva. Un reciente documento del Fondo Monetario Internacional (FMI) asegura, tras comparar los efectos de la covid con cinco grandes epidemias anteriores de este siglo (SARS, H1N1, MERS, Ébola y Zika), que este virus ha provocado “una disminución persistente en el nivel del PIB per cápita, con efectos duraderos en desigualdad de ingresos y un aumento en el número de ciudadanos que viven en la pobreza absoluta de unos 75 millones de personas”. Todo indica que esta brecha está más cerca de acentuarse que de estrecharse.

Sin embargo, el coronavirus también ha derivado “en un mayor peso del papel del Estado como garante ante las grandes perturbaciones de la crisis, cuando ya teníamos un problema de polarización y desigualdad, que se puede agudizar”, apunta Xavier Vives, profesor de Economía y Finanzas de IESE Business School. Igual que en una creciente desconfianza en la cooperación internacional y, con ella, en un declive del multilateralismo. La pandemia ha generado un ingente volumen de deuda pública que hay quien cree que llevará a una japonización de la economía, además de un aumento de la tensión entre China y Estados Unidos, que ha intensificado la crisis de la globalización iniciada durante la Gran Recesión, y que tendrá consecuencias a largo plazo en las cadenas de suministro. Del mismo modo que ha conseguido que la preocupación por la sostenibilidad y el cambio climático vayan a más.

Pero, sin duda alguna, el efecto que más se dejará notar en la economía es el gigantesco impulso que la digitalización se ha cobrado de un día para otro. “Hemos dado un salto de 10 años en la adopción de nuevas tecnologías. Y va a tener impacto en el mundo laboral, en la bajada del precio de las oficinas en las grandes ciudades o en la mayor demanda de semiconductores, entre otras muchas cosas”, sostiene Federico Steinberg, investigador principal del Real Instituto Elcano. “El proceso de disrupción digital ha adquirido un empuje sin precedentes que cambiará el mundo del trabajo y la sociedad en que vivimos al menos en tres dimensiones: las nuevas formas de trabajo, el comercio electrónico y la robotización de las organizaciones”, expresa Rafael Doménech, responsable de Análisis Económico de BBVA Research.

 

Empleo híbrido

Tras el teletrabajo precipitado y obligado por los confinamientos, las empresas ya no volverán a lo de antes; se imponen las nuevas formas de trabajo híbridas. En 2020, el empleo en remoto se multiplicó por cuatro y, aunque durante este año la proporción se ha reducido, las cuatro quintas partes de las organizaciones aseguran que van a hacer más teletrabajo y a acelerar la digitalización del empleo, explica el economista.

Sin embargo, “no vamos a pasar del 5% al 16% de personas que pueden trabajar más de la mitad de su jornada laboral en remoto como ocurrió entre 2019 y 2020″, opina José García Montalvo, catedrático de Economía Aplicada de la Universidad Pompeu Fabra (UPF). El vicerrector de Estrategia Científica de la UPF indica que ahora el teletrabajo ha bajado al 9,4% en España. “Y aunque no se implantará tanto como pensábamos, lo cierto es que se ha duplicado y ello está propiciando cosas nuevas. Como que los precios de la vivienda en las afueras de las grandes ciudades crezcan más que dentro de ellas. Está pasando en Estados Unidos y también en Madrid y Barcelona, donde los alquileres bajaron un 10% el año pasado, aunque ahora se recuperan, pero en las zonas suburbanas suben más, igual que al otro lado del Atlántico”, opina José García Montalvo. Esto tiene todo tipo de implicaciones sobre la estructura de las ciudades, añade; una realidad que permanecerá tras la pandemia.

Andrés Rodríguez-Pose, profesor de Geografía Económica en la London School of Economics and Political Science, refuerza esa idea: “Vamos a necesitar menos espacio de oficinas y también para las actividades de cultura y ocio. En las ciudades europeas, el comercio experimenta un crecimiento cero o baja hasta un 6%, mientras Amazon crece a ritmos del 40% y supera la barrera del millón de trabajadores, cuando todo el comercio europeo ocupa a poco más de 30 millones de personas”. De nuevo habrá ganadores y perdedores. En su opinión, si hasta ahora eran los empleados con perfiles más bajos los que sufrían, con la inteligencia artificial son los de la escala intermedia los que salen más perjudicados.

García Montalvo considera que el teletrabajo acabará por implantarse entre el 15% de los empleados españoles, en los sectores que puedan practicarlo y, sobre todo, en aquellos que puedan conservarlo al tiempo que mantienen su productividad [la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) calcula que en las grandes ciudades el 35% del personal está preparado para ello, pero en las zonas rurales apenas el 20%]. No será trabajo en remoto 100%, pero va a influir en muchas cosas, incluidos los salarios, dice, a la vista de que empresas como Google han anunciado que piensan bajar los sueldos de los empleados que se han mudado desde San Francisco o Nueva York a otras ciudades con menor coste de vida. En España esto ni pasa ni pasará, augura.