El mundo

La Policía dice que los Turpin no estaban locos. Cuesta creerlo. Allí dentro, en la casa de los horrores de Perris (California), como ya la ha bautizado la prensa, David y Louise Turpin convirtieron un hogar aparentemente feliz en un infierno para sus 13 hijos de entre 2 y 29 años. Los menores vivían encadenados a los muebles durante semanas e incluso meses, sin poder lavarse más que dos veces al año y con la comida racionada, a razón de un almuerzo al día. Eran víctimas de un secuestro, en uno de los peores casos de abusos de menores que se han dado en Estados Unidos.

El fiscal del distrito del condado de Riverside, Michael Hestrin, lo tildó de «depravación humana», una suerte de perversión y venganza de los padres hacia sus hijos que nadie alcanza a explicar y que ha hecho que se baraje la enajenación mental o su pertenencia a algún tipo de secta para justificarlo. De momento, todo son conjeturas.

Lo cierto y confirmado es que la tortura de los Turpin a sus hijos era permanente y que duró años. Las autoridades californianas creen que al menos desde 2010, un periodo de tiempo que bien podría explicar la situación de desnutrición y poco peso de la mayoría de los niños. Todos aparentan tener menos edad de la que tienen. La mayor de los hermanos, una mujer de 29 años, apenas superaba los 41 kilos. Su hermana, la que el pasado domingo se fugó para alertar a las autoridades de lo que estaba ocurriendo, no presentaba mejor aspecto. A simple vista, los agentes le calcularon unos 10 años pese a los 17 que tiene en realidad.

Durante dos años estuvieron planeando la fuga, tratando de salir de ese infierno que crearon sus progenitores en el 160 de Muir Woods Road, en una urbanización de clase trabajadora en medio de la nada, rodeada de parcelas baldías, a 120 kilómetros de Los Ángeles, quizá el lugar perfecto para dar rienda suelta a su extraño estilo de vida.

A los niños los tenían despiertos de noche y dormidos de día, para que nunca vieran la luz del sol y que los vecinos no se percataran de lo que pasaba allí dentro. Toda la familia se acostaba entre las cuatro y las cinco de la madrugada, con permiso para escribir un diario como única actividad didáctica. Se han recuperado cientos que se usarán como pruebas durante el juicio contra los padres.

La casa apestaba. Había restos de orines en las cuatro habitaciones. A los niños no les dejaban ir al baño cuando estaban castigados, que era a menudo, y tampoco mojarse más allá de las muñecas cuando les permitían lavarse las manos. Entendían los padres que era una forma de jugar y de desperdiciar agua. Cualquiera de las dos cosas acarreaba un castigo. Estos iban desde la paliza hasta el estrangulamiento. Tan sólo el más pequeño, el niño de dos años, se libraba de los abusos en esa casa. Es el único que aparenta estar en buenas condiciones. Por eso los cargos son 12 por secuestro y otros 12 por tortura para cada uno de los padres, más siete por abuso de adultos dependientes y seis cargos más por abuso de menores.

Serios y esposados

A David Turpin se le acusa además de haber abusado sexualmente de una de sus hijas, una menor de 14 años. En total, 75 cargos por los que el fiscal pide un mínimo de 94 años de cárcel. Con 57 que tiene David y 49 Louise, parece poco probable que ninguno de ellos salga de prisión en lo que les queda de existencia.

Hasta los tribunales de justicia del condado de Riverside llegaron por un túnel desde el centro de detención Robert Presley, donde se encuentran desde hace siete días. Ambos comparecieron vestidos con chaquetas negras y camisas claras, serios y esposados, durante los 20 minutos que duró el proceso.

Se limitaron a responder que «sí» al juez Michael Donner al preguntarles si entendían los procedimientos, y a través de sus abogados de oficio se declararon no culpables de todos los cargos que se les imputan, con la fianza fijada en 13 millones de dólares, a razón de un millón por hijo. Su siguiente aparición ante los tribunales será el 23 de febrero.

Para entonces se espera que se conozcan más detalles del caso, del porqué de su constante maltrato y sus macabras torturas. El fiscal Hestrin explicó que en la casa hallaron juguetes sin abrir a los que no tenían acceso los niños, y que pese a estar muertos de hambre, los padres llevaban a casa pasteles que ponían sobre la mesa de la cocina y que no les dejaban tocar a los pequeños.

El único con un régimen ligeramente distinto era uno de los mayores, al que le permitían salir de casa para asistir a clases universitarias, aunque siempre acompañado por su madre. Ésta lo esperaba hasta que terminase y lo acompañaba de vuelta a casa.

La esclavitud se terminó el domingo 14 de madrugada. Después de años de planear la huida, la joven de 17 años se escapó por una ventana. «Se llevó a uno de sus hermanos con ella», explicó Hestrin durante su comparecencia ante la prensa. «Ese hermano se asustó y se dio la vuelta». El fiscal del distrito de Riverside añadió que algo debió de propiciar la fuga en ese momento, pero las causas no han sido reveladas.

Lo que sí se sabe es que cuando los agentes se presentaron en la casa de Perris tras recibir la llamada de la niña -logró usar un móvil para alertar del horror familiar- se encontraron a una madre petrificada ante su presencia. Tres de sus hijos estaban encadenados. A dos, de 11 y 14 años, alcanzaron a soltarlos antes de que los agentes entraron en la casa. Una de las jóvenes, de 22 años, seguía encadenada.

Los propios niños han explicado a las autoridades que, antes de las cadenas, sus padres usaban cuerdas con ellos. Variaron el método cuando uno de ellos intentó escaparse. De ahí las cadenas y los candados.

¿Qué es un medicamento?

Ahora los 13 hijos de los Turpin están siendo atendidos en hospitales del sur de California. Ninguno de ellos había visto a un médico en cuatro años y jamás habían estado en un dentista. Los informes aseguran que algunos están «mentalmente impedidos» por el «maltrato prolongado» y que carecen de las nociones más básicas en muchos aspectos. Ninguno sabía, por ejemplo, lo que era un policía o un medicamento. Su exposición al mundo exterior ha sido prácticamente nula. Nada de televisión ni videojuegos, ninguna bicicleta para montar como cualquier otro niño de su vecindario. En su caso, tortura permanente.

Aunque la investigación continúa, se cree que las costumbres de los Turpin venían de tiempo atrás, cuando todavía vivían en Texas. En la casa que perdieron por ejecución hipotecaria en Forth Worth, había moquetas en un estado impresentable y marcas en las paredes; en un principio el nuevo dueño pensó que podían ser de animales. También se encontraron unos agujeros cubiertos en los armarios del dormitorio de la pareja, como si hubieran estado escondiendo a los niños ahí dentro. Otras fuentes indican que los dejaron solos durante un tiempo y que únicamente pasaban por la casa para dejar algo de comida.

Tras Texas se mudaron a Murrieta, un pueblo de California cercano a Perris. Allí, un vecino que trabajaba de noche, Mike, explicó al New York Post que veía a los niños de madrugada desfilando como en una especie de ritual: «Pensé que pertenecían a un culto. Marchaban una y otra vez en la segunda planta de la casa. La luz estaba prendida todo el tiempo». Nada, sin embargo, que justificara llamar a la Policía. «Mi mujer los llamaba clonesHablaban de forma robótica, monótona y al mismo tiempo», sin que mirasen nunca a los ojos y le dijeran su nombre a nadie. Además, iban todos vestidos de la misma forma, las niñas con un vestido y los chicos con un traje, con el mismo corte de pelo del padre, tipo tazón. Todo muy extraño.

Y eso que de puertas hacia fuera aparentaban ser una familia feliz y normal. Eran fanáticos de Disney World, como muestran las fotos publicadas en Facebook y las matrículas personalizadas de varios de sus cuatro coches, y los padres se casaron dos veces en Las Vegas con un imitador de Elvis Presley como maestro de ceremonias.

También se han barajado motivos económicos para explicar el caso. El cabeza de familia, David, era ingeniero y ganaba 140.000 dólares al año como empleado de Northrop Grumman, una compañía de aeronaútica y tecnología de Defensa. En 2011 registró su casa como un colegio privado para que sus hijos pudieran estudiar en ella, una opción corriente y legal en Estados Unidos. Según los archivos del condado de Riverside, en el centro privado había seis alumnos. Pero ese mismo año Turpin se declaró en bancarrota y dejó de buscar trabajo.

Louise, por su parte, era ama de casa. «Rara vez interactuaba con nadie. Una vez me crucé con ella y me miró de forma extraña, como si estuviera loca», recuerda una vecina. «Nunca más la volví a ver».

Queda pendiente saber quién se encargará de los 13 hermanos. «Ahora están aliviados, en buenas manos», dicen desde el hospital de Corona.