La autora nacida en Antigua y Barbuda sonó fuerte entre los candidatos al Premio Nobel de este año

 

Infobae

Reconocida como una de las voces más interesantes de la narrativa contemporánea y con un nombre que sonó fuerte entre los candidatos al Premio Nobel de Literatura, la antiguana Jamaica Kincaid, que hace años vive en Estados Unidos y de cuya obra hay pocas traducciones al español.

Cuando el Festival Internacional de Literatura de Buenos Aires (Filba) anunció la nómina de invitados internacionales de esta edición online, el nombre de Kincaid empezó a tomar impulso sin la fama de otros -como el de Siri Hustvedt– pero con un trasfondo de ávidos lectores y lectoras que empezaron a recomendar sus lecturas (como Claudia Piñeiro en un tuit), mientras su obra también tomaba envión con los rumores que la hacían candidata a Premio Nobel de Literatura, acaso más por el deseo que las posibilidades reales de su consolidación.

Es que la obra de Kincaid es celebrada en el mundo entero. En Argentina, sin embargo, hasta el momento sólo fueron editados por Capital Intelectual dos libros Autobiografía de mi madre y Mi hermano, los cuales componen junto a Mr. Potter una trilogía familiar que involucra a la madre, al hermano (una crónica sobre la muerte de sida) y al padre, todos ficcionales pero construidos sobre referencias que se podrían intuir vinculadas a la infancia de la escritora.

Se trata de una trilogía de lecturas postcoloniales porque construyen historias noveladas que ponen en escena los discursos y efectos de la influencia de un proyecto social, político y cultural de dominación. En este sentido, la obra de la escritora está atravesada por el género, la etnia, la cultura, la clase y por una escritura, que se enoja y también logra superarse con cierta soberbia, para desandar las marcas del racismo y las relaciones de poder en las experiencias vitales de quienes sufren el colonialismo·

Kincaid nació en 1949 con el nombre de   Potter Richardson y vivió su infancia en la Isla de Antigua, excolonia británica, hoy un país caribeño independiente desde 1981 que compone junto a su gemela, la isla Barbuda, una geografía de playas blanquecinas y cielos inmensos muy pobre y oprimida por su condición de colonia -hasta hace poco tiempo-, por lo que muy pronto, de adolescente, se fue a vivir a Estados Unidos para trabajar de niñera.

Ese imaginario de su infancia, la narradora lo retoma en varios libros como Un pequeño lugar, una novela corta que critica la colonización que suponen algunas prácticas turísticas. También hay un texto de ella, On Seeing England for the First Time, de 1991, en el que con mucha astucia y frescura propone pensar entre la idea que se puede construir de algo y su realidad a partir de cómo conoció al país que oprimía a su pueblo.

“Cuando vi Inglaterra por primera vez era una niña sentada en un pupitre de la escuela”, comienza ese texto donde Kincaid va armando, con cierta ironía y mucho enojo, el vínculo coercitivo con el país colonizador, una potencia lejana y desconocida a la que debía adorar, memorizar su historia, cantarle y hasta otorgar su lealtad a una reina. Un país que se impregnaba a través de símbolos, ritos y mapas, y que además aparecía en todo lo que consumía porque, excepto la naturaleza que la rodeaba, el resto llevaba la etiqueta de “Hecho en Inglaterra”.

Cuando llegó a Nueva York, Kincaid trabajó como niñera y algo de eso también se puede rastrear en el libro Lucy sobre una joven caribeña de 19 años que llega a Estados Unidos para trabajar en una casa de una familia acomodada. Pero eso duró poco porque rápidamente empezó a explorar su afinidad con la fotografía (de hecho estudió) y con la crónica y el periodismo, tanto es así que la contrataron en The New Yorker y allí trabajó un buen tiempo.

La escritora Valeria Tentoni, una gran lectora de Kincaid, quien además la entrevistará para el festival Filba, explicó que “su infancia la proveyó de muchos escenarios e historias que aborda en un montón de libros suyos”, sin embargo aunque “se la piense como una autora autobiográfica, es interesante cómo tensiona lo autobiográfico porque ella discute mucho la pertinencia de ese tipo de preguntas respecto a los materiales que se presentan como ficcionales”.

En una entrevista para The Missouri Review, que recuperó Eterna Cadencia, Kincaid responde sobre esa vivacidad del material autobiográfico: “Cualquier cosa que una novela sea, no soy eso, y lo que sea que un cuento sea, tampoco lo soy. Si yo tuviese que seguir estas formas, no podría escribir. Me interesa mucho romper las formas”. Y a otro medio internacional le cuenta: “Cuando empiezo a escribir algo, supongo que lo que deseo es que ese algo me transforme, que me convierta en algo que no sea yo”.