CIENTO OCHENTA GRADOS

Por Óscar García Morales

Además de ser recaudador y garante de la ley, un gobierno debe trabajar siempre en el mejoramiento y reforzamiento de su imagen, ya sea de su titular, de su equipo de trabajo, sus acciones y por supuesto, de las instituciones que lo componen.

Lo anterior tiene como objetivo, “lanzar” un mensaje a los ciudadanos de que las cosas se hacen y se hacen bien desde el ámbito federal, estatal o municipal, asimismo, crear en ellos la percepción del político cercano, que los escucha y que resuelve sus problemas y necesidades.

… Y la tierra se movió

El pasado 7 de septiembre, un sismo de magnitud 8.2 (en la escala de Richter) sacudió a varias regiones del centro y sur de México, dejando como saldo 98 muertos y más de 90 mil viviendas afectadas en los tres estados (Oaxaca, Chiapas y Tabasco) que sufrieron los mayores estragos por el movimiento telúrico.

Minutos después de este siniestro, la respuesta de las autoridades fluyó en diferentes velocidades. Tanto la Presidencia de la República, a través del Servicio Sismológico Nacional y la Coordinación Nacional de Protección Civil, como el gobierno de la CDMX, utilizaron las redes sociales para informar sobre el epicentro, las réplicas, etcétera.

¿Qué se hizo?

El manejo de la crisis por parte de estas dos instancias fue -en lo general- aceptable. En contraste, los gobiernos de Oaxaca y Chiapas no sólo quedaron rebasados en la cuestión operativa, sino también, en lo relativo a la difusión de datos preliminares, así como de recomendaciones básicas para la gente.

Al día siguiente, la administración de Enrique Peña Nieto implementó el control de daños, que tuvo como actividad pronta y relevante, la visita del Ejecutivo Federal al municipio de Juchitán (Oaxaca) el cual quedó semidestruido y con estragos aún incuantificables.

Después vinieron más visitas presidenciales y del gabinete a Chiapas y Oaxaca, al que se le instruyó permanecer el tiempo necesario hasta que la emergencia en sectores como salud, vivienda, alimentación, educación, vías de comunicación, entre otros, disminuya y los programas y servicios públicos funcionen de manera óptima.

El 8 de septiembre, el Ejército Mexicano aplicó el plan DN-III-E con el propósito de auxiliar a los habitantes de ambos estados, que en un principio contó con mil 800 elementos y posteriormente, se sumaron integrantes de la Marina y la Policía Federal.

¿Plan con maña?

No obstante, lo hecho en este caso por las fuerzas armadas llama poderosamente la atención, no sólo por el apoyo que brindan a los damnificados, sino por la interesante estrategia de comunicación que desde su mando superior se ideó.

De acuerdo a la Encuesta Nacional de Confianza, procesada por la firma Buendía & Laredo en marzo pasado, la Marina alcanzó un nivel de confianza de 71 por ciento (%), mientras que el Ejército consiguió el 61%; un avance significativo para éste último, pues en 2011 logró un 52%.

Tras el sismo, esas instituciones se dieron a la tarea de informar usando la visión y testificación de periodistas o líderes de opinión, es decir, invitándolos a las zonas de desastre para acompañar a los efectivos castrenses en sus labores de asistencia, a bordo de aeronaves y vehículos militares o visitando los hospitales y albergues atendidos por soldados.

La buena calificación

El plan mediático está dando resultados: La sociedad mexicana ya percibe un trabajo cercano y eficaz por parte de las fuerzas federales, al observar que el reparto de despensas y comida se lleva a cabo sin contratiempos, que la demolición de inmuebles dañados y la remoción de escombros se hacen a paso constante.

Todo esto se reflejó en el estudio realizado por BGC Excélsior (16 de septiembre de 2017), quien dio a conocer que las  Fuerzas Armadas obtuvieron el 82% de las menciones positivas vinculadas con la respuesta (y sus tiempos) ante la emergencia.

Finalmente, en materia de comunicación queda demostrado que la tragedia “vende”, que los medios contribuyen a la ayuda de comunidades aisladas y colapsadas por los desastres naturales, y mientras tanto, figuras y gobiernos que, ante su baja aceptación, dan un giro de 180 grados para limpiar su imagen y quizá, ganar unos votos en la siguiente elección.

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