EL DÍA QUE NO FUE

Por Óscar García Morales

Atrás quedó esa fecha cuando todo México se detenía para escuchar u observar a un solo hombre, al que ostentaba todo el poder, aquel capaz de influir, ordenar y decidir en muchos ámbitos de la vida nacional, sí, el “Día del Presidente” pasó de ser una ceremonia de reverencia al mandatario en turno, a uno llevado por funcionarios de “tercer nivel”.

El 1 de septiembre de cada año, fue por décadas el suceso político más importante del país, en el cual, el Ejecutivo Federal brindaba su informe ante el Pleno del Congreso de la Unión, cobijado en todo momento por los secretarios de Estado, gobernadores, magistrados, mandos militares, líderes obreros, campesinos, etcétera.

Un lugar “a modo”

Inaugurado en 1911, la (antigua) Cámara de Diputados, ubicada en la intersección de las calles Donceles y Allende en el centro de la Ciudad de México, fue el lugar donde muchos presidentes de la posrevolución dieron su informe y más tarde, el Palacio Legislativo de San Lázaro fue la sede que albergó dicho acto hasta 2006, cuando al panista Vicente Fox Quezada, le fue impedido el acceso a la tribuna, debido al conflicto electoral generado meses atrás.

El “Día del Presidente” era un acontecimiento único en la segunda mitad del siglo XX, las escuelas suspendían labores junto con otros sectores productivos, todas las estaciones de radio y televisión se enlazaban no sólo para transmitirlo, sino también, para narrar el traslado del “Gran Tlatoani” desde Palacio Nacional hasta el recinto parlamentario.

Aclamación total

Miles de curiosos se apersonaban en las calles por donde la comitiva presidencial circulaba, algunos de ellos saludaban, otros gritaban y desde las azoteas de los edificios situados a lo largo de la ruta, se lanzaban kilos y kilos de papel picado que, además de ser una estrategia para impedirle la visibilidad a un posible francotirador, generaba un ambiente festivo.

De acuerdo a los archivos de la Cámara de Diputados, el informe más extenso fue pronunciado en 1934 por Abelardo L. Rodríguez, con un tiempo de 7 horas con 35 minutos y en 1982, José López Portillo abarcó más de 6 horas; en contraste, en 2006, Fox sólo emitió 65 palabras.

¡Se acabó!

Más allá de los números y anécdotas de este ejercicio que por ley todo presidente mexicano tenía la obligación de rendir, hay un aspecto que debemos mencionar: En 2007, se reformó la Constitución para impedir que el Ejecutivo hablara ante el Poder Legislativo sobre el estado que guarda la nación y peor aún, que dicha modificación no fue remplazada con una que fomentara el debate o intercambio de ideas entre él y los diputados y senadores.

Sin la posibilidad de estar frente a frente, Felipe Calderón creó el formato de la ceremonia (anual) “a modo”, es decir, una “fiesta” privada y controlada, con invitados afines, sin riesgo de ser obstaculizado, interrumpido o agredido verbalmente.

Del jefe al subordinado

Este tipo de reuniones continúan y son posteriores a la entrega formal del informe impreso ante la Cámara de Diputados, que en 2017 tuvo como característica la ausencia de figuras de primer nivel.

Los mexicanos fueron testigos de aquellos ritos que rayaban en el servilismo, la excentricidad y lo fastuoso; ahora, el quinto informe de Enrique Peña Nieto fue singular, ya que el secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong, no acudió a San Lázaro, sino un funcionario de tercer nivel, el subsecretario de Enlace Legislativo de la misma dependencia, Felipe Solís Acero.

Por si esto fuera poco, la parte receptora estuvo encabezada por Mauricio Farah, secretario general de la Cámara Baja, porque la Mesa Directiva de ésta última permanece acéfala (hasta el 4 de septiembre así continuaba), dando como resultado un evento deslucido que no abarcó los 5 minutos.

Hay una exigencia –casi- unánime para que la clase política llegue a acuerdos, que los representantes populares rindan cuentas, que intercambien opiniones, que sus acciones no sólo se plasmen en un libro o que se resuman en un spot, sino que su trabajo sea público, honesto y transparente. Lo visto el pasado 1 de septiembre fue la muestra de que el “súper presidente” no existe y que su rol fue tomado por un empleado de “medio pelo”.

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