El día de ayer se conmemoró el 89 aniversario de la fundación del Partido Revolucionario Institucional con el tradicional mitin, en el que se congregó lo más granado de la política de ese partido, incluyendo, claro está, al candidato presidencial, José Antonio Meade Kuribreña.

Un evento sin por menores, tal como la campaña de su candidato a la presidencia; la narrativa, a pesar de ir en tercer lugar, no podría ser otra que la del optimismo exacerbado con tufos de triunfalismo, todo, sin olvidar la defensa inexorable de su jefe en turno, el presidente Enrique Peña Nieto.

  • ¿En verdad tiene algo qué festejar ese partido?

Su panorama no podría ser más catastrófico, todos sus cuadros involucrados, hasta la médula, en casos de corrupción, enriquecimiento inexplicable y tráfico de influencias. A 89 años de su fundación, tuvieron que recurrir a un “simpatizante” para tener un candidato medianamente menos vulnerable que cualquiera de la burbuja del presidente Peña.

Si el sonorense Plutarco Elías Calles viviera en estos tiempos, se volvería a morir, de ver en lo que se convirtió su partido. En sí mismo, el partido fue creado para aglutinar todas las corrientes políticas, emanadas de la Revolución y ponerlas en orden bajo las siglas de un solo partido.

Hoy vemos que ese orden persiste, pero NO para hacer las cosas mejor, mucho menos para darle a nuestro país el lugar que se merece en el concierto internacional o en hacer que millones de mexicanos dejen de estar en la pobreza.

Sirve para aglutinar a lo más deleznable de la política mexicana, ejemplos sobran, ahí están los ex gobernadores Javier Duarte de Ochoa, César Duarte Jáquez, Tomás Yarrington, Eugenio Hernández, Andrés Granier, Rodrigo Medina, Rubén Moreira, entre otros rufianes que hicieron de sus respectivos estados, feudos en los que sólo su palabra era la válida.

Todos con un común denominador, la corrupción más recalcitrante.

¿Eso es motivo de festejar?

Tal vez, lo que festejan, es lo que hacen las familias cuando un integrante está en situación terminal, un festejo para hacerle olvidar al enfermo que está en sus últimos momentos, y por eso, llaman a todos para despedirlo.

Ningún priista en su sano juicio puede defender lo indefendible; el PRI regresó, pero a llevarse lo que dejó.

Su apocalipsis está por llegar a su punto más álgido, sólo es cuestión de esperar el domingo 1 de julio.

Renacer o morir, ese es su dilema.

Que Salinas los redima.