El fallo de la Corte Constitucional ecuatoriana de abril que abre la puerta a la interrupción del embarazo de todas las mujeres víctimas de una violación, recordó al país andino el infierno de niñas y adolescentes que pasan por ello, muchas veces a manos de sus propios familiares.

En Ecuador el incesto se ha estudiado poco debido a que no está tipificado como delito, aunque sí se considera un agravante en delitos contra la integridad sexual y reproductiva, señala la psicóloga Fernanda Porras en el estudio “Cuerpos que sí importan”.

PARA ANA VERA, abogada, el hecho de que ni el sistema de salud, ni el educativo ni la Justicia detectaran en su día el abuso a cuatro niñas (Sarita, sus dos hermanas y su prima) muestra la ineficacia del Estado para proteger a las menores, especialmente en zonas rurales.

 La noche del 11 de abril de 2021, cuando fue elegido presidente, Guillermo Lasso se dirigió directamente a “aquellas niñas que han tenido niños y que cuidan niños” y les aseguró que él y su esposa serían sus padres: “Las protegeremos, las vamos a cuidar”.

BBC

“Nadie ve, nadie oye y las montañas nunca hablan”. Así cierra la entrevista, mirando esa cordillera de los Andes que se calla.

La conversación comenzó 40 minutos antes con el acuerdo de cuál sería su nombre ficticio. “Sarita”, dijo. ¿Sara o Sarita? “Sarita”.

Aunque es común el uso del diminutivo en la sierra ecuatoriana, parece extraño utilizarlo para hablar de una mujer que cría sola a cuatro niños.

La primera fue consecuencia de una violación, los dos del medio son hijos de una relación que acaba de terminar y la última fue parida por la hermana pequeña de Sarita, violada por el mismo agresor.

Es fácil olvidar que no tiene más de 25 años, pero dejó de habitar ese territorio de la infancia al que pertenece el diminutivo cuando su padrastro la violó por primera vez a los 10 años.

“Hoy tengo mucho miedo a la oscuridad y eso que soy vieja”, dice.

La oscuridad fue el escenario de todas las violencias.

“Cuando me agarraban y me querían hacer cosas yo decía que no. Incluso una vez me corrí (huí) sin saber adónde. Me encontraron y me fue como en feria. Eran unas pizas (golpizas) de esas buenas”.

El fallo

 

El 28 de abril la Corte Constitucional de Ecuador decidió despenalizar el aborto en todos los casos de violación y no sólo cuando las víctimas eran mujeres con discapacidad mental, como hasta entonces recogía el Código Penal.

El fallo generó el enfrentamiento entre defensores y detractores de la despenalización que ha tenido lugar en los últimos años en otros países de América Latina.

Pero también recordó a Ecuador el infierno de las niñas y adolescentes víctimas de violencia sexual, especialmente en las zonas rurales y marginales, cuyos agresores son —en su mayoría— padres, tíos, hermanos, abuelos, padrastros.

Niñas que, como le indica a BBC Mundo la abogada Ana Vera de Surkuna, una organización de defensa de los derechos sexuales y reproductivos, “tienen una falta de información tan brutal que no saben que su cuerpo va a cambiar, entonces no se dan cuenta hasta que el embarazo está muy avanzado”.

“Yo no sabía siquiera que estaba embarazada. Solo sabía que me criaba (crecía) la panza y no entendía por qué”, recuerda Sarita.

Tras parir, dejó a su hija bajo un puente. Pero como nadie la recogió, se la volvió a llevar consigo.

 

Cuatro por día

 

La Encuesta Nacional sobre Relaciones Familiares y Violencia de Género contra las Mujeres reveló en 2019 que 65 de cada 100 mujeres han sufrido alguna clase de violencia en el país.

Un 32.7% ha sido víctima de violencia sexual, aunque Ana Vera considera que existe “un subregistro brutal” de estas agresiones, debido al estigma de denunciar y a la precaria respuesta del sistema de Justicia.

Cuando, como en el caso de Sarita, el violador es el hombre de la casa, las víctimas tampoco denuncian porque el agresor suele ser la única fuente de ingresos del hogar. A veces tampoco se les cree por ser niñas, a veces no se les quiere creer.

“Mi madre prefirió callarse”, cuenta Sarita. “Creo que incluso sintió celos”.

“Cuando le dije (lo que pasaba), tenía idea de que le reclamara algo (al agresor), pero inclusive dijo que yo he tenido la culpa”. Luego, en la entrevista, Sarita dirá que está segura de que su madre también fue abusada.

Para hacerse una idea de cuántas menores son víctimas de agresión sexual, Ana Acosta, autora del reportaje “Las niñas invisibles de Ecuador”, recomienda fijarse en el registro de nacimiento del Instituto Nacional de Estadísticas y Censo (INEC).

“Como tiene registrados los partos de niños vivos por edad de la madre, y como cualquier relación sexual en menores de 14 es considerada violación por el código penal, entonces no hay por dónde perderse.

En 2020, 1,631 niñas de 10 a 14 años parieron en Ecuador, cuatro por día. La cifra no comprende las que no quedaron embarazadas, las que abortaron o las que tuvieron complicaciones obstétricas que les impidieron dar a luz.

El del año pasado es el menor registro de la última década (10 años en los que nacieron 21.165 niños de estas niñas), pero también fue el primero de la pandemia que encerró a víctimas y victimarios en un mismo lugar.

Además, debido a la crisis económica, el gobierno de Lenín Moreno retiró todos los fondos del plan de prevención del embarazo en menores.

Los números de 2021 aún no se conocen.

 

El incesto

Sarita parió a los 13 años, fue violada por primera vez a los 10, pero el anticipo del horror del incesto lo presintió a los 7, cuando sospechó que su padre abusaba de una prima.

“Pensándolo bien, ahora siento que debí darme cuenta, debí saber. Pero los niños se olvidan de todo, cuanto más rápido mejor”, reconoce.

“Cuando me pasó a mí, supe lo que la otra estaba sintiendo”.

Aquello no fue, sin embargo, motivo de separación entre sus padres, sino las constantes agresiones contra su madre.

“Recuerdo a mi madre que cuando llegaba la tarde ya tenía miedo, porque sabía lo que iba a pasar: a veces él llegaba borracho, fumaba y ahí mismo le pegaba”.

Cuando después de distanciarse y juntarse varias veces, sus padres se separaron definitivamente, un hijo y una hija se quedaron con él. Dos hijas —Sarita y su hermana menor— con la madre, quien se fue a vivir con otro hombre.

El padrastro violó y embarazó a ambas niñas. El padre a la otra hermana.

“Yo creo que lo de mi hermana debe ser mucho más duro“, reflexiona Sarita, “porque imagínese, usted todos los días le llama papá y que el papá le haga eso no es justo”.

“Creo que estos hombres son dañados de la mente, porque están dañándole a la persona de por vida. Creo que asimismo es porque viven en el monte”.