Extraño los conciertos y estoy segura que no soy la única. Una de las cosas que más amo de vivir en México es la cantidad de conciertos que hay todas las semanas- grandes, pequeños, de pop, de jazz, de rock, de reggaetón y hasta K-Pop. No sé si lo saben, pero ustedes, los mexicanos, son un público espectacular. Valoran los conciertos, guardan su quincena para comprar boletos, se aprenden todas las canciones, cantan desgarrados y realmente se viven el espectáculo. Dar y asistir a conciertos en México es realmente un placer, un placer que desde que empezó la pandemia, no he podido disfrutar. Hoy no vengo a hablar de los conciertos en los que he cantado, sino de los que he disfrutado desde el público, porque al igual que ustedes, yo también soy amante de la música, yo también soy admiradora de artistas, yo también soy fan. 

Los conciertos están regresando lentamene, aunque no son iguales que antes. Para cuidarnos a todos del Covid, los artistas tocamos en foros medios llenos y el público lleva cubrebocas, cosa que hace imposible saber si están sonriendo, cantando pasándola mal. El fin de semana pasada fui a mi primer concierto post-pandemia. Fue un espectáculo al estilo 2021. Tocaban Odiseo y Porter, dos bandas de rock mexicano, en el Autódromo de la Ciudad de México y el público estaba dividido en pequeños parcos de seis sillas, rodeados de rieles de metal. Imagínense algo como un corral. Yo no podía creer que estaba viendo música en vivo, al aire libre, con luces y pantallas gigantes y a pesar de que fue extraño no sentir gente cerca, no escuchar las voces de extraños cantando, me sentí protegida y en estos momentos, eso es más importante. 

Recuerdo mi último concierto antes de la pandemia como si fuese ayer. Fui a ver a mi gran amigo Kurt en el Plaza Condesa, sin jamás imaginarme que sería el último concierto que vería en un año y medio. Fue el 8 de marzo del 2020 y me fui directo al concierto de la marcha del Día de la Mujer. El Plaza Condesa estaba atascado de fanáticos de Kurt y yo canté todas sus canciones con la euforia de una quinceañera, viendo a mi amigo subirse a la tarima y convertirse en un gigante. 

Ahora viajemos atrás en el tiempo. ¿Recuerdas tu primer concierto? El mío fue de los Backstreet Boys en San Juan. Mi mamá manejó tres horas desde mi pueblo, Mayagüez, para llevarme a mí, a mi hermana y a mi mejor amiga a ver a esta icónica “boy band” en su gira “Black And Blue” en el 2001. Nos escribimos “BSB”, de Backstreet Boys, en los brazos con un “sharpie” y disfrutamos de todo el concierto, pero antes de la última canción, mi mamá nos obligó a irnos para evitar el tráfico. “Los papás no entienden nada”, pensaba en aquel momento, aunque ahora creo que tal vez hubiese hecho lo mismo. En San Juan también fui a uno de mis conciertos favoritos- Juan Luis Guerra en el Coliseo de Puerto Rico. Decidimos ir a último minuto y no conseguimos buenos asientos. Si alguien se hubiese parado en la tarima con telescopio, hubiese visto allá en el asiento más lejando a una mamá con sus dos hijas, bailando salsa, merengue y bachata hasta que la banda tocara el último acorde.  

Ahora les tengo una historia de dolor. John Mayer es uno de mis artistas favoritos desde que estoy en la universidad y, en el 2014, finalmente se me dio la oportunidad de verlo en vivo en Miami. En ese momento estaba triste y despechada, por una relación que no había funcionado y que me había dejado muy rota. Todas las canciones que cantaba John Mayer me recordaban a mi ex, tanto así que hasta le escribí (tonterías que uno hace a los veinticinco). Me dediqué todo el concierto a tomar whiskey para no estar triste y luego a llorar por la peda que traía. Lamentablemente, no recuerdo el concierto en lo absoluto. No sé qué canciones cantó, cómo sonaba la banda, ni cuánto tiempo duró el “show”. Por eso cuando me preguntan si he visto a John Mayer en concierto, siempre digo que no. 

Esa ha sido mi única mala experiencia en un concierto y fue culpa mía (¿o fue culpa del chico que me terminó?). Lógicamente a una historia de dolor, le sigue una de amor. A mi novio lo conocí en un concierto. Él estaba cantando con su banda, Okills, en El Imperial, un lugar icónico en la Ciudad de México que lamentablemente ya no existe. Ya él me interesaba, pero creo que me terminé de enamorar cuando lo vi en la tarima. ¿Qué les puedo decir? Para mí, el talento es lo más sexy del mundo. Mi novio traía toda la actitud, bailaba, cantaba, tocaba la guitarra y hasta el acordeón. Esa noche, después del concierto, nos quedamos hablando horas y el resto es historia. 

Los conciertos nos acercan a nuestros artistas favoritos y, como bien saben, un buen concierto puede marcarnos para siempre. Ir a un concierto no es lo mismo que escuchar un disco- los conciertos tienen un elemento humano y de sorpresa que no podemos replicar ni con el YouTube, ni con la radio. Ahora que las cosas están reabriendo, quiero ir a todos los conciertos que pueda. ¿Ustedes a quién quieren ver en vivo?