La ansiedad y yo somos viejas amigas. A los 12 años, me visitaba a la medianoche para quitarme el sueño, a los 25 se apareció a mi lado en un avión y casi le pido a la azafata que me bajara del vuelo y, ahora a los 30, llega justo antes de un concierto, a recordarme todas las cosas que pueden salir mal. La ansiedad es seductora. Nos susurra al oído, recordándonos lo que nos falta por hacer, los errores que hemos cometido y el peligro que nos espera a la vuelta de la esquina. He vivido ataques de ansiedad y la verdad, no son nada divertidos: el corazón me palpita tan fuerte, que parece que se me saldrá del pecho, no puedo respirar bien y tengo que despertar a mi novio a las cinco de la mañana o llamar a un amigo, simplemente para que me digan: “todo está bien”. Los trastornos de ansiedad son la enfermedad mental más común, sin embargo, la mayoría de nosotros seguimos sin las herramientas adecuadas para enfrentarlos. 

 

Mi ansiedad actual tiene que ver con “la reapertura” después de la pandemia. Estamos empezando a salir más, hay más trabajo y actividad, el tráfico está de regreso y hasta parece que el mundo comienza a girar más rápido. Veo colegas anunciando conciertos, a mi hermana planificando un viaje a Italia y a amigos emprendiendo nuevos proyectos y siento mucha presión por acelerarme, por ser social, por hacer más cosas y por buscar más oportunidades. Siento que el mundo ha vuelto a su ritmo normal y que yo me estoy quedando atrás. Después de un rato en Google, descubrí que no soy la única a la que le causa ansiedad volver a “normalidad”. Por eso, les quiero compartir lo que me está ayudando a encontrar un poco de paz. 

 

Hacer ejercicios: ¿Cómo voy a preocuparme por mi lista de cosas para hacer cuando estoy en una parada de cabeza, en medio de mi clase de yoga? ¿Cómo me puede importar lo que va a pasar mañana cuando voy por la sentadilla número 50 y todavía me faltan diez más? Cuando hacemos ejercicos, no tenemos otra opción más que estar presentes y dejar la ansiedad de un lado. Así no se nos cae una mancuerna en el pie. Yo hago ejercicios tan pronto me despierto y, ese ratito dedicado sólo para mí, sin mirar el celular, es milagroso. Se los prometo: cuando el cuerpo está en movimiento, la cabeza descansa. 

 

La Meditación: Yo odio la meditación. Bueno, tal vez odio sea una palabra demasiado fuerte, pero no es algo que me divierta mucho. Me cuesta trabajo concentrarme, me duele la espalda tan pronto me siento y me pica el ojo tan pronto lo cierro, pero eso no quita que todos los días, después de hacer ejercicio, medite. Sólo hago cinco minutos de meditación (que se sienten como cinco horas) y aunque les parezca poco, con eso me da y me sobra. La meditación tiene muchos beneficios, nos ayuda a dormir mejor y hasta nos baja la presión, pero a mí lo que más me gusta, es que entrena a nuestras mentes a encontrar paz entre tanto ruido. 

 

Menos redes sociales: No tengo que explicarles por qué dejar de estar pendiente de los demás por redes sociales es algo positivo. Yo me siento mejor cuando consumo menos redes y me concentro en sólo seguir cuentas que me nutran: amigos, familia y cuentas de comida y de perros. 

 

Agradecer: A nuestras cabecitas locas les encanta enfocarse en todo lo que nos falta en vez de en todo lo que nos sobra. Agradecer en voz alta, en silencio o por escrito, nos cambia ese “chip”. Yo escribo agradecimientos en las mañanas y en las noches y, la verdad, me pone muy de buenas. Es muy sencillo y hasta podemos intentarlo juntos ahora mismo: si estás leyendo esto, agradece que sabes leer y, yo a la misma vez que tú, voy a agradecer la oportunidad de escribirles. ¿Ya ven? Somos mucho más afortunados de lo que a veces creemos. 

 

Espero haberles regalado algo que les sirva y les prometo a todos los que al igual que yo sufren de ansiedad, que sí se puede callar esa voz en la cabeza.