“Se nota que estás comiendo bien”. “¿Qué te hiciste en el pelo?; ojalá en Miami vendan pelucas”. “Qué feo te vistes; deberías buscar a alguien que te asesore para vestirte mejor”. “Te ves más ‘menudita’ en persona”. “Me gustaban más tus canciones de antes”. “Gritas cuando cantas”. “¿A quién te cogiste para llegar a dónde estás?” “A nadie le importan tu guitarrita y tus canciones tristes”. 

Todos estos han sido comentarios en mis redes sociales. Quisiera decir que no me afectan, pero les estaría mintiendo. El hecho de ser artista no me hace inmune a los insultos ni a las críticas destructivas. Sí, es parte de nuestro trabajo estar en la mirada pública, expuestos a lo que nos quieran lanzar, pero eso ha cobrado un nuevo significado en esta era de las redes sociales, cuando tenemos un arma en nuestras manos en todo momento.

A pesar de que nos hacemos gigantes y hasta irreverentes en la tarima, a todos nos importa lo que piensa nuestro público. Vivimos de su opinión y de su atención y hasta el más rebelde entre nosotros tendrá que admitirlo: nosotros queremos que ustedes nos quieran. Como se podrán imaginar, los artistas vamos desarrollando una piel más gruesa con el tiempo y nos acostumbramos a que todo el mundo tenga una opinión, pero eso no borra la realidad: a nadie le gusta que lo critiquen.

Gracias a las redes sociales, todos somos expertos; expertos en cine, en literatura, en virología, en ciencias políticas, en psicología, en moda, en música. . . Las mismas plataformas que nos han dado un lugar para expresarnos y para compartir nuestro arte, también nos han convertido en críticos. Dar un “me gusta”, dejar un comentario y comenzar a seguir son los aplausos de 2021 y todos nos sentimos aptos para juzgar lo que vemos en nuestras pantallas.

Ahora, no lanzamos bombas de frente, con nuestros nombres y apellidos, dando la cara por nuestras palabras, sino que, a través del internet, escondidos detrás del escudo de una personalidad cibernética, sin repercusiones y sin consecuencias. Me pregunto; ¿Será que se les olvida que al otro lado de la pantalla hay alguien con sentimientos?

Les quiero aclarar algo: no he venido aquí a hacerme la víctima. No pretendo que lean esto y digan: “Pobrecita Raquel Sofía, la niña que trabaja cantando, le dicen fea por Instagram”.

Me queda claro lo afortunada que soy y la verdad es que los comentarios bonitos son muchos más que los feos. El proposito de escribir esto es simplemente visibilizar y hablar de algo que no entiendo muy bien: la necesidad de criticar todo. ¿Nacerá de una inconformidad con los medios o simplemente se da por concecuencia de tener un aparato a la mano con el que puedes emitir tu opinión en quince segundos y con mínimo esfuerzo? ¿Será un reflejo de una inseguridad profunda o sólo un producto del aburrimiento?

Yo no crecí con las redes sociales. Soy de la generación que recuerda el ruido horrible que hacía el internet al conectarse y que vivió con los gritos de mamá en la casa: “¡Desconéctate del internet que tengo que hacer una llamada!” Para mí, los artistas eran entes lejanos, casi mágicos y jamás me cruzó por la cabeza que leerían algo que escribí yo, ni mucho menos que les importaría mi opinión. En ese entonces, no se me hubiese ocurrido jamás enviar una carta llena de odio, pero la inmediatez y la cercanía de las redes han cambiado todo. 

 

La crítica es parte de todas nuestras vidas y lo seguirá siendo. ¿Quién no ha sido víctima de la abuela que dice “no me gusta ese chico para ti” o del amigo que comenta: “cuídate, que ya tienes unos kilos de más”? He aprendido dos cosas con respecto a las críticas: primero, hay que ver quién las emite y con qué propósito para saber cuán en serio tomárnoslas y, segundo, tenemos que hacer todo lo posible por no convertirnos en jueces insaciables nosotros también.

Si el mundo entero quiere juzgarnos, que lo haga, pero rompamos nosotros con el patrón. Yo no voy a dejar comentarios feos en las redes sociales, ni voy a cuestionar el éxito de los demás con frases como “probablemente está bien conectado”. No voy a juzgar a otras artistas por su peso, ni a burlarme de alguien por su ropa. Hay demasiadas cosas bonitas que podemos decir para elegir pasarnos la vida criticando.