“¿Ya te persignaste?”, pregunta una vendedora de pepitas a una joven blanca que no pasa de los 20 años en la calle 14 Poniente, donde decenas de mujeres de todas las edades ofrecen sus servicios sexuales custodiadas por hombres que circulan en la calle, vigilando que nadie -ajeno a los clientes- se les acerque.

Por: Verónica De La Luz/OEM-Informex

Eran tan solo las 15:00 horas del sábado pasado cuando la joven ya había dado su primer servicio. Le esperaba una larga jornada.

Sobre la calle 14 Poniente -que activistas como Rosi Orozco tienen identificada como sedes de posible trata- además de la venta de plásticos, dulcerías, ferreterías y otros locales, hay mujeres que ofrecen su cuerpo. Algunas que no pasan los 20 años y otras que exceden los 40.

Por 130 pesos –lo que un poblano puede pagar por un viaje en taxi o lo que lo que se gasta en dos comidas corridas- las mujeres sostienen relaciones sexuales con sus clientes.

Parte de la población cree que una prostituta viste de minifalda, tacones de aguja y bustier, acompañados de una sonrisa sensual; sin embargo, no todas las trabajadoras de la 14 Poniente lucen ese atuendo. Algunas de ellas esperan clientela con tenis, leggins y una chamarra casual. Todas tienen maquillaje en exceso pero algunas esperan resignadas la hora de trabajar, pues sus miradas apuntan al abismo.

Aun cuando hay luz solar, en las inmediaciones del Exconvento de Santa Rosa, las jóvenes comienzan su trabajo. Sus caras maquilladas no se pierden entre la intensa humareda de ambulantes que ofrecen fresas, calcetines, juguetes, ropa de imitación, mochilas o pilas para celular.

Las mujeres se encuentran de pie; algunas solas y otras en parejas. Pocas son las que tienen celular en mano. La mayoría solo fija la vista en algún punto pero no sonríen ni se percatan de quiénes pasan por la angosta banqueta.

Mientras ellas están ensimismadas, algunos hombres las examinan a unos metros, viendo sus senos y el trasero. Ninguno tiene la finta de oficinista o estudiante, sino que incluso, algunos parecen haber salido de cualquier cantina cercana, pues la mirada ya está algo perdida.

Por fin se deciden a preguntar el precio. “Ciento treinta”, dice una. Llegan a un acuerdo y se pierden entre ambulantes, paseantes, el transporte público que tiene paso en esa calle y hombres que parecen los guardias de aquellas mujeres.

Las chicas que se prostituyen en la zona –sean obligadas o por decisión propia-, tienen en común una cobertura de maquillaje, portar bolsas pequeñas que se cuelgan de forma cruzada, y la permanencia cerca de una pared o negocio.

El peso, la altura o la edad no importan para el negocio, pues todas participan, todas compiten por persignarse con algún cliente. Esto también ocurre en calles aledañas como la 12, 16 y 18 Poniente, aunque en menor cantidad.

Sobra decir que no hay elementos de la policía Municipal o Estatal. Al menos no haciendo rondines en la zona.