Resulta imposible hablar en pasado de los atentados que mataron a 2,997 personas. De la guerra en Afganistán a la obsesión por la seguridad, de Guantánamo al surgimiento del ISIS… sus efectos todavía colean

“Esas imponentes torres simbólicas que hablaban de libertad, derechos humanos y humanidad”, justificaba un mes después su odio Osama Bin Laden en una entrevista en Al Jazeera.

 Al millonario saudí que lideró Al Qaeda, al ser cegado, más que iluminado, por un totalitarismo nihilista —o la sharía o nada—, no le importó llevarse por delante la vida de 2,997 personas, más las de las decenas de miles que vendrían después, en otros muchos atentados y guerras en el resto del mundo, para imponer su visión del islam: la rigurosa doctrina salafista

EL PAÍS

“La espectacularidad de la puesta en escena ha sido siempre una característica distintiva del terrorismo, y estos terroristas tenían una ambición dramática sin precedentes”. El entrecomillado pertenece a La torre elevada, el libro de Lawrence Wright sobre Al Qaeda y la génesis del 11-S. Porque la escenografía de los atentados que aquel martes de septiembre de 2001 sacudieron al mundo revistió tanta importancia como sus incontables secuelas políticas y humanas. Qué mejor manera de asestar un golpe a la globalización y a la modernidad que derribar las Torres Gemelas del World Trade Center, símbolo de un poderío planetario, o embestir contra el Pentágono, el emblema de la fuerza.

“Esas imponentes torres simbólicas que hablaban de libertad, derechos humanos y humanidad”, justificaba un mes después su odio Osama Bin Laden en una entrevista en Al Jazeera. Al millonario saudí que lideró Al Qaeda, al ser cegado, más que iluminado, por un totalitarismo nihilista —o la sharía o nada—, no le importó llevarse por delante la vida de 2.997 personas, más las de las decenas de miles que vendrían después, en otros muchos atentados y guerras en el resto del mundo, para imponer su visión del islam: la rigurosa doctrina salafista.

Diecinueve acólitos de Bin Laden, 15 de ellos saudíes, se convertían en mártires de su siniestra causa mediante el secuestro de cuatro aviones comerciales convertidos en armas de destrucción masiva. En las Torres Gemelas, donde incrustaron los dos primeros a las 8.46 y las 9.03, murieron 2.753 personas, de las entre 16.400 y 18.000 que aquel día se hallaban en su interior. El resto perdió la vida con el aparato estrellado contra el Pentágono (184), aunque el objetivo primero de los yihadistas habría sido el Capitolio, y en el campo de Pensilvania (40) al que los pasajeros rehenes lograron desviar el cuarto aparato. A fuerza de repetirse en bucle, las imágenes de los aviones hendiendo las torres y el desplome apocalíptico de estas adquirían en el imaginario colectivo trazas de videojuego. Mientras el mundo entraba en pánico, Bin Laden clamaba victoria desde la Guarida del León, el entramado de cuevas de Tora Bora (Afganistán). Aún sobrevivió una década, hasta que un comando de los Navy Seals dio con él en Abbotabad (Pakistán), en mayo de 2011.

“La Guerra Fría había pasado a la historia; la Unión Soviética y el comunismo ya no suponían una amenaza y EE UU era la única potencia capaz de impedir la restauración del antiguo califato islámico. Había que derrotarla”, recuerda Wright en su libro. La sensación de indefensión y derrota de aquel día resuena hoy en el final inconcluso y sangriento de la guerra afgana, aunque las consecuencias de la acción de Al Qaeda nunca hayan dejado de percibirse, en Estados Unidos y en el mundo. Del 11-S a Kabul hay una línea recta, a veces discontinua, que siempre vuelve al punto de partida.

El 11-S tuvo un impacto global, por las 93 nacionalidades de las víctimas mortales, aunque en su mayoría fueron estadounidenses, pero sobre todo por la sucesión de conflictos que desencadenó: la declaración de guerra contra el terrorismo de George W. Bush y la intervención en Afganistán, un mes después; la derivada de la guerra de Irak (2003), por culpa de la sobreactuación del republicano y de sus aliados Tony Blair y José María Aznar ante un inexistente arsenal de destrucción masiva, y cuyo desarrollo distrajo de la emprendida en Afganistán además de socavar la región; la aparición del Estado Islámico (ISIS) como reforzado sucesor de Al Qaeda… El corolario no ha podido ser más concluyente: la vuelta al poder de los talibanes en el país centroasiático, dos décadas después de ser desalojados por dar cobijo a los potenciales terroristas del 11-S.


Revancha colosal

Conceptualmente, el 11-S fue una revancha colosal contra las supuestas humillaciones de Occidente, pero también contra los regímenes árabes impíos —todos los que no aplican la sharía, según Bin Laden— y los correligionarios tibios. Antes de mirar a Estados Unidos, Ayman al Zawahiri, lugarteniente de Bin Laden, había pretendido derrocar varias veces al Gobierno egipcio; el propio Bin Laden intentó descabezar el reino saudí. De ahí que, pese a las abrumadoras cifras del 11-S, la mayor cantidad de víctimas se sigue registrando a diario en países musulmanes. No obstante, la espectacularidad de las masacres en la estela del 11-S (Bali, 2002; Madrid, 2004; Londres, 2005; Bombay, 2008) opacaba, una vez tras otra, a las víctimas no occidentales.

El 12 de septiembre de 2001, los cubiertos de metal habían desaparecido ya de las bandejas de comida en los aviones. La obtención de visados se hizo más difícil o imposible para ciudadanos de naciones árabes o musulmanas, hasta llegar al veto migratorio de Donald Trump a varios países árabes, en 2017. Los derechos fundamentales se volvieron relativos —la prueba es la justificación de las torturas en Guantánamo o Abu Ghraib (Irak)— y las agencias de inteligencia y seguridad, todopoderosas. El miedo a un nuevo golpe terrorista colonizó la política.

“El antiterrorismo se instaló en la agenda política. Se creó el Departamento de Seguridad Nacional, con objetivos explícitamente antiterroristas y una descomunal burocracia”, recuerda Rajan Menon, catedrático de Ciencia Política de la Universidad de Nueva York. “El 11-S también nos legó las guerras eternas, como Afganistán e Irak, que han tenido costes extremos, no solo militares, sino también por el gran número de civiles muertos. Una psicosis de vigilancia invadió a la población, cuando EE UU no era como Israel, donde todos miraban continuamente si había objetos sospechosos… También incrementó el poder de los Estados, que por mor de la lucha antiterrorista hoy controlan comunicaciones, correos, redes sociales”, añade Menon. Según una encuesta publicada esta semana, el 46% de los estadounidenses se resisten al escrutinio de comunicaciones en nombre de la seguridad nacional.

El mundo posterior al 11-S conoció un estado de sobreexcitación anímica, política y administrativa frente a un enemigo invisible: la red de franquicias de la yihad. “Son muchos grupos, constituidos en una especie de multinacional corporativa del terror cuya propia existencia y estrategia hace imposible al 100% el objetivo de la seguridad. Por eso la lucha antiterrorista no acabará nunca”, concluye el catedrático.

Michael O’Hanlon, director del programa de Política Exterior de Brookings Institution, describe un panorama menos amenazante. “Creo que la vida no ha cambiado mucho. Es más complicado subir a un avión, pero no es una violación de la privacidad, solo una molestia. Podemos ver un perro rastreador de explosivos en un tren de vez en cuando. Pero en el día a día la amenaza de la delincuencia común es una preocupación mucho más grave que los peligrosos salafistas. La situación es diferente en otros países. Oriente Próximo ha experimentado una violencia extrema antes y después del 11-S; también Europa, incluida España, ha sufrido el flagelo del terrorismo”, explica O’Hanlon, al que las encuestas dan la razón: a la mayoría de los estadounidenses les preocupa hoy más la amenaza del terrorismo nacional que la del islamista.

Para muchos musulmanes estadounidenses salir a la calle empezó a ser una actividad de riesgo por la islamofobia desatada; 20 años después, el 53% de la población tiene una visión desfavorable del islam, según una encuesta encargada por Associated Press. “La islamofobia existía antes del 11-S, pero los atentados la exacerbaron. Se manifestó de forma violenta, con agresiones y ataques, y de manera más sutil pero evidente, como a la hora de no contratar a musulmanes para puestos de trabajo o de desacreditar su trabajo para promociones u honores académicos”, explica la activista Debbie Almontaser, de origen yemení y cuyo hijo aún lidia con el síndrome de estrés postraumático tras su experiencia como guardia nacional en la Zona Cero. “Veinte años después, no ha vuelto a ser el mismo”, confiesa.

  • 20 años no es nada

A esta pedagoga y activista comunitaria la islamofobia casi le cuesta en 2007 su más importante proyecto profesional: una escuela pública intercomunitaria en Nueva York, para niños de todas las religiones y que imparte clases de árabe. “Sufrí durante tres años, hasta que renuncié [como directora]. Fue una campaña brutal de varios medios de comunicación, que me acusaban de tener una agenda oculta”, recuerda. Pero no solo ella sufría el hostigamiento. “Incluso en las campañas electorales el islam se usaba como arma arrojadiza. En 2008 [el candidato republicano John] McCain salió a defender a [Barack] Obama, al que habían llamado despectivamente árabe. En los últimos cuatro años, esta inculpación se generalizó con Trump”, añade.

La solemne conmemoración de este sábado no cierra un capítulo aciago de la historia, pese a lo redondo de la fecha. La guerra contra el terrorismo se eterniza en Guantánamo, donde esta semana se celebraron las vistas preliminares contra Jalid Sheij Mohamed, el cerebro del 11-S, detenido en 2003, y otros cuatro acusados. Desde la presentación de los cargos, en 2008, los cinco languidecen en un penal que llegó a albergar a casi 780 yihadistas, y donde aún permanecen 40.